Carta de Tatou «Paseo»

Queridísima hija: Hoy toca paseo por el río. Y para variar un poco la práctica de muevo un pie y luego el otro, me he llevado la tablet, ese chisme que lo mismo me sirve para escribir una carta que para estudiar chino o hacer fotos mientras me tomo un tiempo en la rutina del paseo para bajar el temido colesterol. Harta de que me pasen abuelos caminantes que ni resuellan cuando me adelantan, he decidido parar de vez en cuando armada con mi tablet. ¡Pasad, pasad malditos!, que no es que vayáis más deprisa que yo, no, es que estoy haciendo fotos.
 
No creo que mi colesterol haya salido ganancioso con esta novedad en mi caminar diario. Los demás paseantes iban a su súper ritmo, y yo parando ante cada posible foto. Que allá a lo lejos pastaba una recua de caballos, allí estaba yo para fotografiarles de frente y de perfil. Que unos niños montados en sus bicis, protegidos de cerca por sendas madres, paraban para beber un trago de agua, pues yo también. Y así, con gran disimulo, intentaba plasmar el momento en una instantánea en la que no se les viera la cara para que no pudieran protestar las que les trajeron al mundo. Y como hacía tan buen tiempo, he podido cruzarme con un millón de peregrinos, todos vestidos de la misma guisa y cuya única diferencia no podía reflejar en el retrato: el idioma.
 
Así he seguido mirando el paisaje a través de la pantalla, algo un poco arriesgado para mí y para la integridad del aparato. Pero la mañana, en vez de un tropiezo con una piedra que hubiera dado con mis huesos en el suelo, me ha proporcionado la visión de un niño de unos diez, once o doce años, sentado en un repecho con una caña de pescar, una mochila y un patinete dorado. ¡Ah!, y un bocata. No me parecía bien sacarle una foto por todo el morro sin su permiso, pero si le decía que me dejara hacérsela, seguro que o me decía que no (normal), o que pusiera cara de foto (normal también). De nuevo he decidido disimular y, aprovechando que a lo lejos venía un solitario piragüista, he puesto la tablet a trabajar a ver cómo podía parecer que quería sacar al remero… y entonces el chaval ha dado un salto y yo le he dado al clic. He pensado que también ya era mala suerte, con lo bucólicos que me habrían quedado el niño, la caña, el piragüista y hasta un pato que pasaba por allí. Pero no, ha salido el salto perfecto del chico, con una mano agarrando el bocadillo y la otra en la valla. Y para más suerte, también adorna el río el señor piragüista.
Como siempre, je t’embrasse
Tatou .
 

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